OpenAI podría agotar su efectivo para mediados de 2027 debido a costos operativos insostenibles y una falta de rentabilidad proyectada hasta 2030, advierten analistas, comentando que su situación es crítica en comparación con gigantes como Microsoft, ya que carece de ingresos consolidados que financien la larga espera hasta obtener beneficios reales.
Dada la velocidad vertiginosa con la que la inteligencia artificial ha trastocado el panorama tecnológico global y alterado diversos mercados, resulta casi imposible predecir con exactitud hacia dónde se dirige la industria, y no faltan los vaticinios, que oscilan desde una utopía automatizada hasta el colapso definitivo de sectores tradicionales.
Sin embargo, en medio del ruido mediático, un columnista del New York Times ha puesto sobre la mesa una apuesta específica y alarmante, advirtiendo que OpenAI podría encontrarse en la indigencia financiera en un plazo de tan solo 18 meses, víctima de sus propias ambiciones desmedidas en torno a la Inteligencia Artificial.
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Cuando la ambición supera a la realidad contable
Según informes externos citados el año pasado, se proyectaba que OpenAI quemaría aproximadamente 8.000 millones de dólares solo en 2025, una cifra que escalaría vertiginosamente hasta los 40.000 millones para 2028. Si se considera que la propia compañía no prevé alcanzar la rentabilidad hasta el año 2030, la aritmética se vuelve, cuanto menos, preocupante. Sebastian Mallaby, economista del Council on Foreign Relations, advierte que la brecha financiera que la empresa debe cruzar es monumental, en un reporte compartido por el medio Tom’s Hardware. Sam Altman, CEO de la firma, ha proyectado gastos que rondan los 1,4 billones de dólares en centros de datos, una cifra que desafía la lógica de inversión tradicional.
Mallaby señala que, incluso si OpenAI reconsidera esas promesas influenciadas por el fervor tecnológico y logra “pagar a otros con sus acciones sobrevaloradas”, el agujero negro financiero persiste. No es una voz solitaria en este análisis; la consultora Bain & Company informó el año pasado que, incluso bajo las mejores perspectivas posibles, existe un déficit de al menos 800.000 millones de dólares en la industria.
El problema no radica en si la inteligencia artificial se convertirá en una tecnología arraigada en la sociedad, sino en si la economía necesaria para desarrollarla y mantenerla tendrá sentido a medio y largo plazo. La infraestructura requerida es tan costosa que el modelo de negocio actual parece insostenible sin una inyección de capital perpetua y masiva.
El análisis financiero contextualiza la situación de forma experta al diferenciar entre la viabilidad tecnológica y la viabilidad económica. En teoría, los inversores existen para “puentear la brecha entre la emergencia de una gran tecnología y los beneficios eventuales”. Sin embargo, muchas empresas de IA están consumiendo efectivo a una velocidad muy superior a su capacidad para generar ingresos. Aquí es donde Mallaby destaca una desventaja estructural crítica para los recién llegados, comentando que OpenAI se encuentra en una posición mucho más precaria que las empresas “legado” o tecnológicas tradicionales, como Microsoft, Meta o Google.

La diferencia fundamental reside en que estos gigantes tecnológicos ya poseían negocios extremadamente lucrativos antes de la llegada de la IA generativa. Pueden permitirse, literalmente, esperar el tiempo necesario y financiar las pérdidas de sus divisiones de IA con los beneficios de sus productos consolidados (como la nube, la publicidad o el software empresarial). OpenAI, por el contrario, no tiene ese colchón de seguridad. Además, se enfrenta a la volubilidad del usuario actual.
Según el analista, la mayoría de las personas utilizan servicios gratuitos y no tienen reparos en cambiarse a un competidor si su bot habitual introduce publicidad o límites de uso. Esta falta de lealtad se ve corroborada por la miríada de opciones disponibles actualmente en el mercado, lo que dificulta la creación de un “foso defensivo” económico basado en la retención de usuarios.
La apuesta por la IA agéntica
A pesar del panorama sombrío, existe una luz al final del túnel que los proveedores de IA esperan alcanzar, la cual es “IA agéntica”. Mallaby visualiza el problema de la retención como un obstáculo temporal. A medida que la inteligencia artificial se integre más profundamente en la vida cotidiana a través de agentes autónomos, será mucho más difícil para el usuario cambiar de plataforma. Estos futuros bots conocerán las preferencias de compra, las aspiraciones y el perfil emocional del usuario, creando una dependencia que justifique la monetización.
Es innegable que Sam Altman posee un campo gravitacional envidiable para atraer dólares, ya que logró recaudar 40.000 millones de dólares en inversión, una cifra superior a cualquier ronda de financiación privada en la historia, superando incluso los 30.000 millones de Saudi Aramco. No obstante, la diferencia cualitativa es abismal, porque Aramco, al igual que otras empresas que salieron a bolsa, tenía un modelo de negocio probado y rentabilidad real, dos características de las que OpenAI carece actualmente.

Para cerrar, el mercado de la inteligencia artificial se asemeja cada vez más a un ouroboros financiero, la serpiente mítica que devora su propia cola. Sin embargo, existe el argumento de que este ofidio solo perderá su parte más nueva. Habría una ironía histórica y cruel en que el mercado de la IA sobreviva y prospere, pero perdiendo en el proceso a uno o más de los jugadores pioneros que lo iniciaron todo, demostrando una vez más que ser el primero no siempre garantiza ser el superviviente.
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